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Haute Couture Spring 2008: Gaultier y “harta” de la costura
27 de enero de 2008
La gran semana de la alta costura de París se cerró después de varios días de confirmaciones (el carisma y originalidad de Ricardo Tisci y su tirón con Givenchy Couture y el aburguesamiento de Armani y su cada vez más barroco Armani Priveé), ramalazos culturizantes (la exposición comisariada por Christian Lacroix), acercamiento a los mercados emergentes (un incomprendido Lagerfeld en Chanel), iniciaciones que han pasado casi desapercibidas (la de Josep Font y sus muñecas) y despedidas ególatras (la de Valentino y su “rojo” - ya utilizado por, entre otros, Hubert de Givenchy, antes que él).
Valentino Garavani, despedido como un genio, no pudo por menos que repasar, de forma pormenorizada, sus grandes hitos - que no han sido otros que los de vestir a las más grandes e inamovibles fortunas del siglo pasado e inicios de éste, repitiendo hasta la saciedad una fórmula agotada en concepto, fondo y forma, pero que todos, inexplicablemente, siguen alabando (aviso a navegantes, si eres fan incondicional de Valentino, sáltate este párrafo, porque voy a ser la única “loca” que alce la voz sorprendida ante tamaño homenaje). Es cierto que Valentino es un gran modista. Y un hombre de gustos exquisitos. Pero desde luego no es un genio, ya que para serlo la energía dominante tiene que ser la de creador. Porque… ¿Cuántas barreras ha roto Valentino en pos de mejorar la indumentaria femenina? ¿Cuántos falsos pasos, luego seguidos y alabados por todos los demás, ha dado para hacer avanzar la moda? ¿A dónde nos transporta un desfile de Valentino…? Yves Saint Laurent incorporó prendas callejeras e incluso militares, adaptándolas a la alta costura. Coco Chanel utilizó tejidos de caza, cortó tacones y cargó a las mujeres con bisutería “barata”. Balenciaga rompió la silueta imperante para convertir su nueva mujer en la belleza ideal. Galliano nos transporta a mundos lúdicos, tétricos o irreales donde nada es lo que parece… ¿Y todo esto para qué, cuando se puede presentar el mismo trajecito, el mismo vestido una y otra y otra vez, con metros de chiffon, kilos de pedrería y brillos incontestables? El éxito de Valentino no es el de su costura, sino el de sus clientas. Mujeres que incorporaron sus “ideales” vestidos a su forma de vida fulgurante y deseable, y que lo convirtieron así en todo un referente. No fue al revés. Y sí, es cierto que un buen Valentino es indiscutiblemente hermoso. Pero sólo si la mujer que lo lleva se ajusta al concepto de belleza de Valentino Garavani: esculpida, mimada, atendida por mil manos y siempre cimbreante sobre unos tacones. Absolutamente superado, me temo. Qué pena recordar la despedida del gran Saint Laurent, acosado por un Tom Ford (que también fue devorado por su propia ambición poco después) y por un mundo que pedía más emociones fuertes. Pero al menos él nos había dado su justa ración en su momento. O la despedida de Ungaro, el genio del color y el plisado. Ellos no tuvieron un adiós con pantallas gigantes y un vestido fotocopiado decenas de veces (qué gran metáfora de su carrera), pero tendrán el favor de la historia.
Y entre tanta emoción “light”, una brizna de aire fresco, algo que sí me ha hecho “soñar”: las sirenas exquisitas de Jean Paul Gaultier. Sirenas que inician su viaje en alguno de los mejores “arrodissements” de París, vestidas con los clásicos galos: camiseta marinera, trench beige, babydoll. Pero ya se encuentran en plena metamorfosis, piden a bocanadas el sabor del océano y se lanzan a un viaje sin retorno en pos de los mares más exóticos.
…En su periplo llegan a los mares del Sur, donde creen que para atrapar a sus marineros han de vestir como damas en tierra firme: vestidos, sombrillas, sandalias. Es verano, el sol pica y dibuja suaves tatuajes pastel en las piernas. El cabello, aún mojado, no se secará, pues pronto regresarán al mar.
Donde alcanzarán su metamorfosis final, mitad mujeres, mitad peces, todo sirenas: doradas, escultoricas, con la capacidad de respirar en el agua y sobre la tierra, con piernas y escamas, guantes y medias de pintura dorada, la perdición de los navegantes.
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